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20110407

Asesino serial de prostitutas mantiene en vilo a isla de Nueva York

El hallazgo de ocho cadáveres de prostitutas y la búsqueda de un noveno cuerpo altera la calma de Oak Beach, una pequeña comunidad al este de la ciudad de Nueva York.
A sólo 72 km. de la Gran Manzana, la policía busca con perros entre los arbustos, informa la corresponsal de la BBC Laura Trevelyan.
En una carretera junto a la playa el objetivo es encontrar el cuerpo de Shannan Gilbert, una joven de 24 años que ofrecía sus servicios sexuales en el sitio Craigslist.

La policía busca pistas entre los matorrales de Oak Beach.
La escena es en Oak Beach, una isla pequeña, estrecha, donde la policía encontró los cadáveres de ocho personas, cuatro de ellos identificados como prostitutas que anunciaban sus servicios de acompañantes en esa página web.
"Me estoy asustando" dijo una mujer llamada Pat. "He vivido en Oak Beach durante 43 años, siempre ha sido tranquilo y ahora no sabemos qué va a pasar".
Cuerpos
Mientras tanto, un camión de bomberos de policía despliega una escalera de 30 metros y dos agentes con binoculares intentan detectar algo inusual entre el denso matorral. Ambos lados de la carretera están bañados por agua.
Stuart Cameron, inspector de la policía del condado de Suffolk, le dijo a la BBC que nunca había estado involucrado en una operación tan grande.
"Estamos haciendo una búsqueda lo más intensa posible, diligente y sistemática", dijo en una conferencia de prensa en Oak Beach.
"He vivido en Oak Beach durante 43 años, siempre ha sido tranquilo y ahora no sabemos qué va a pasar" Pat, residente
Oak Beach es el último lugar donde se la vio a Shannan Gilbert antes de su desaparición en mayo pasado.
Mientras buscaba rastro de ella, en diciembre, la policía se topó con otros cuatro cuerpos. Todos ellos eran de mujeres jóvenes que ofrecían sus servicios sexuales en Craigslist.
La semana pasada se halló un quinto cuerpo, cerca de donde estaban los otros cuatro, y el lunes la policía anunció que habían encontrado los restos de tres personas más.
Ninguno es el de Shannan Gilbert, dice la policía, lo que aumenta los temores de que la joven podría ser la novena víctima de un asesino en serie.
"Inquietante"
Para aquellos que viven en Oak Beach, lugar muy apreciado por su tranquilidad y su proximidad a Manhattan, el descubrimiento de los cuerpos envueltos en bolsas arpillera ha sido un shock.
"Es inquietante", dice Frank Bruno, un residente que se está construyendo una casa en Oak Beach, con vistas espectaculares del mar.
"Este es un lugar tranquilo, apartado. Long Island tiene algunos focos de delincuencia organizada, se habla de que el que arrojó estos cuerpos tenía que ver con el crimen organizado. Da mala espina".
Mientras daba un paseo con su amiga Pat –que tampoco quiso dar su bombre completo- Suzanne le dice a la BBC que espera que la policía resuelva el caso pronto.
"Vivimos en una playa hermosa, sólo hay 71 viviendas, siempre decimos ‘otro día en el paraíso '", señala Suzanne. "Lo que está pasando es desconcertante".
Pat agrega: "Es extraño y aterrador, pero ese tramo de la calle donde se encontraron cuerpos está muy aislado".
"Desorientada"
Fuera de su casa de madera, cerca de un camino que conduce a la playa, Gus Coletti dice que fue probablemente el último en ver viva a Shannan Gilbert.
"Ella golpeó la puerta de mi casa a las 5 de la mañana en mayo pasado, pidiendo ayuda. Parecía desorientada", dice Coletti, de 76 años. Él llamó a la policía, pero ella salió corriendo.
Shannan había estado en una fiesta cercana, contratada a partir de su aviso en internet.
Mientras que los perros siguen buscando entre los arbustos espinosos, el inspector Cameron explica que la búsqueda de Gilbert continuará.
"Estamos en busca de ella, estamos en busca de los restos humanos que podrían estar en el área y cualquier elemento que sirva como prueba", relata.

20090722

Los Bean, la familia caníbal

Sawney Bean nació en el condado de East Lothian, a unos trece kilómetros al este de la ciudad de Edimburgo, durante el reinado de Jaime I de Escocia. Su padre se dedicaba a recortar setos y excavar zanjas, e inició a su hijo en la misma profesión. Durante su juventud, Sawney se ganaba el pan cotidiano con aquel oficio, pero como el pendejo era un vagote, acabó yéndose de casa de sus padres y se trasladó a la parte deshabitada de la región, llevándose con él a una novia que tenia.

La pareja se instaló en una cueva, cerca de la playa del litoral del condado de Galloway; allí vivieron durante más de veinticinco años, sin ir a ninguna ciudad, pueblo o aldea.

En aquel tiempo tuvieron un gran número de hijos y nietos, a los cuales criaron de acuerdo con sus propios hábitos, sin la menor noción de humanidad ni de sociedad civilizada. Nunca tuvieron ninguna compañía, y se mantenían a sí mismos robando, no sin antes cargarse a la víctima. Gracias a este método sanguinario, y al hecho de vivir tan apartados del mundo, transcurrió mucho tiempo sin que fueran descubiertos; no habiendo nadie capaz de sospechar cómo se perdían las personas que pasaban por el lugar donde ellos vivían. Después de haber asesinado a un hombre, una mujer o un niño, transportaban el cadáver a su madriguera, y allí lo descuartizaban y después se lo comían; éste era su único alimento; y a pesar de que llegaron a ser tan numerosos, normalmente tenían un exceso de aquella repugnante comida, de modo que amparados por la oscuridad nocturna, solían arrojar al mar piernas y brazos de las víctimas, procurando hacerlo a una gran distancia de la cueva en que vivían; aquellos miembros eran devueltos con frecuencia por el mar a la playa, en diversas partes de la región, para asombro y terror de los que los descubrían, y de otros que oían hablar del macabro hallazgo.

La familia de Sawney, entre tanto, continuaba creciendo, y cada uno de sus miembros, cuando la edad se lo permitía, ayudaba en la medida de sus fuerzas a perpetrar los horribles crímenes, que seguían impunes. A veces atacaban a cuatro, cinco o seis viajeros al mismo tiempo, pero nunca a más de dos si iban a caballo; eran tan precavidos, además, que tendían dos emboscadas, una delante de la otra, para evitar que alguno de los atacados pudiera escapar, si se había librado de los primeros asaltantes.

El lugar en el cual habitaban era completamente solitario y, cuando subía la marea, el agua penetraba en una extensión de casi doscientos metros en su vivienda subterránea, que tenía casi dos kilómetros de longitud; de modo que la gente armada que fue enviada a investigar ni siquiera se había fijado en la cueva, incapaz de imaginar que algún ser humano pudiera resistir en semejante lugar de perpetuo horror y oscuridad.

El número de asesinatos cometidos por aquellos salvajes no llegó a conocerse nunca con exactitud; pero se calculó que en los veinticinco años que duraron sus fechorías habían lavado sus manos con la sangre de un millar de hombres, mujeres y niños, como mínimo.
Su descubrimiento tuvo lugar en 1435 en las siguientes circunstancias: Un hombre y su esposa, montados en el mismo caballo, regresaron un atardecer a su hogar, después de haber visitado una feria, y cayeron en la emboscada de aquellos desalmados asesinos, que se lanzaron furiosamente sobre ellos. El hombre se defendió valientemente con espada y pistola, derribando a algunos de los asaltantes.


En el transcurso de la lucha la pobre mujer cayó del caballo, e inmediatamente fue asesinada ante los ojos de su marido, ya que las mujeres caníbales la degollaron y empezaron a chupar su sangre con tanto placer como si fuera vino; después le abrieron el vientre y le sacaron las entrañas. El horrendo espectáculo hizo que el hombre redoblara sus esfuerzos por defenderse, sabedor de que si caía en manos de sus enemigos correría la misma suerte.

Quiso la suerte que mientras luchaba desesperadamente se presentara un grupo de veinte o treinta hombres que había estado en la misma feria; y ante partida tan numerosa Sawney Bean y su sanguinario clan decidieron retirarse a su madriguera, cruzando un tupido bosque.

El hombre, que era el primero que salía con vida de una emboscada del clan de Beane, contó a los recién llegados lo que había sucedido y les mostró el cadáver de su esposa, que los forajidos no habían podido llevarse. Todos quedaron estupefactos y horrorizados ante su relato; le llevaron con ellos a Glasgow y pusieron el asunto en conocimiento de los magistrados de la ciudad, los cuales informaron inmediatamente al rey.

Tres o cuatro días más tarde, Su Majestad en persona, con un ejército de cuatrocientos hombres, salió para el lugar donde se había producido la tragedia, a fin de registrar el terreno palmo a palmo, tratando de localizar a aquellos seres diabólicos que desde hacía tanto tiempo venían siendo tan nefastos para las regiones occidentales del reino.

El hombre que fue atacado era el guía, y se llevaron también un gran número de sabuesos, no omitiendo ningún medio humano que pudiera conducir a poner fin a aquellas crueldades. Sus primeras pesquisas resultaron infructuosas; no consiguieron encontrar ninguna vivienda, y a pesar de que pasaron por delante de la cueva de los malvados, no le prestaron atención y continuaron su exploración a lo largo de la playa, ya que la marea estaba baja en aquel momento. Por fortuna, algunos de los sabuesos entraron en la madriguera, e inmediatamente estalló un espantoso coro de ladridos, aullidos y gruñidos; de modo que el rey, con sus ayudantes, volvió sobre sus pasos y examinó la entrada de la cueva, sin concebir que en un lugar donde sólo se veía oscuridad pudiera ocultarse algún ser humano. No obstante, al ver que el griterío de los perros iba en aumento, y que se negaban a salir de la cueva, empezaron a imaginar que alguien debía vivir allí. En consecuencia fueron en busca de antorchas y un numeroso grupo de hombres se aventuró en la caverna, a través de las más intrincadas vueltas y revueltas, hasta que por fin llegaron a la recóndita cavidad que servía de vivienda a aquellos monstruos.

El espectáculo que se ofreció a la vista de los soldados fue algo que ninguno de ellos podría olvidar mientras viviera. Piernas, brazos, manos y pies de hombres, mujeres y niños colgaban en ristras, puestos a secar; había muchos miembros en escabeche, y una gran masa de monedas de oro y de plata, relojes, anillos, espadas, vestidos de todas clases y otros muchos objetos que habían pertenecido a las personas asesinadas.

La familia de Sawney, en aquella época, se componía de él mismo, su esposa, ocho hijos, seis hijas y, como frutos incestuosos, dieciocho nietos y catorce nietas.

Todos fueron encadenados por orden de Su Majestad. Los soldados recogieron todos los restos humanos que pudieron encontrar y los enterraron en las arenas. Luego cargaron con el botín que habían reunido los asesinos y regresaron con sus prisioneros a Edimburgo.

Sawney Bean y los miembros de su familia no respondieron por sus crímenes ante ningún tribunal, ya que se consideró innecesario juzgar a unos seres que se habían mostrado enemigos declarados del género humano.

Los hombres fueron descuartizados; les amputaron brazos y piernas y los dejaron desangrar hasta que les sobrevino la muerte al cabo de unas horas. Después de haber sido espectadores del justo castigo inflingido a los hombres, la esposa, las hijas y los nietos fueron quemados en tres hogueras distintas. Todos aquellos malvados murieron sin dar la menor señal de arrepentimiento; por el contrario, mientras les quedó un hálito de vida, profirieron las más horribles maldiciones y blasfemias.

Algunos expertos aseguran que se trata de una leyenda inventada por los ingleses para ejemplificar la barbarie escocesa. Lo cierto es que en la costa de Ballantrae existe aún una gruta que los lugareños llaman la cueva de Sawney Bean, en la que hace muchos años que nadie se atreve a entrar.

20080813

Asesino serial: El petiso orejudo, el niño asesino

Es uno de los asesinos mas famosos que se recuerda. Paso a la historia con ese dudoso merito, y su nombre aun produce escalofrios cuando se recuerda lo cruel de sus crimenes.
A los 16 años, Cayentano Santos Godino, conocido como el "petiso orejudo", se convirtió en el primer criminal en serie en la historia policial argentina.
Es un caso de una criminalidad horrenda, se trata de un caso de "hombre-fiera", un hombre con instintos asesinos desde la mas tierna infancia, aunque en su caso... nada de tierno.
La primera denuncia presentada contra él la formulo su propio padre, en 1906, cuando el Petiso tenía 9 años. Se presentó a la comisaria para decir que su hijo era "absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos sus vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos". A esa edad, Petiso Orejudo ya presentaba una de las extrañas características de su personalidad: los actos de crueldad contra los animales.
Su padre, en la denuncia, añadió que su hijo se había entretenido matando a unos pájaros domésticos. Quería que la policía se hiciera cargo de su hijo, y Petiso acabó encerrado en un reformatorio. Pero no sirvió de nada, ya que en cuanto recobró la libertad en 1911, se dedicó a su carrera criminal.
Los psiquiatras que estudiaron su caso destacaron que se trataba de un imbécil, en el sentido estricto de la palabra: alguien despojado de inteligencia.
Sin embargo, el Petiso cometía sus crímenes aprovechándose de su aspecto de idiota, y ganándose la confianza de las víctimas.
El escenario de sus crímenes eran conventillos del barrio Parque Patricios. Por lo general, el Petiso atraía a chicos menores que el, ofreciéndose a jugar, o con golosinas, y entonces era cuando los llevaba a casas abandonadas para cometer sus crímenes.

Una de sus primeras víctimas fue un chico de 17 meses. Lo golpeó y lo arrojó contra un cerco de espinas. Esto lo advirtió un agente de policía, pero el Petiso dijo que había encontrado al niño, e insistió en llevarlo hasta su madre; ésta lo recompensó con unas monedas.
En otra ocasión engañó a un niño de 2 años, y lo intentó ahogar en una pila para caballos. Los ruidos llamaron la atención del propietario, y cuando le preguntaron por lo que estaba ocurriendo, el Petiso, mientras acariciaba al niño, dijo que se acababa de ir una mujer vestida de negro y baja, y que por suerte había llegado a tiempo para salvarlo.
Su siguiente intento también fracasó, intentó quemarle los ojos a un chico de 22 años, pero sus gritos atrajeron a su madre.
Mientras, el Petiso se saciaba con su crueldad hacia los animales, llegando a matar a un caballo con un cuchillo, y un gran impulso piromaníaco: incendió 2 casas, una fábrica de ladrillos, una estación de tranvías y un almacén. Cuando se le pidieron explicaciones, respondió:
- "Me gusta ver trabajar a los bomberos.. Es lindo ver como caen en el fuego."
Y así es como cometió su primer asesinato. Fue en 1912, le prendió fuego a las faldas de una niña de 3 años, que falleció tras 16 días en agonía.
Meses mas tarde, llevo al pequeño Arturo Laurora a una casa abandonada. Le tapó la boca conun pañuelo, y tras atarle un piolín de hilo trenzado al cuello, lo llevó arrastras a una habitación. Allí lo denudó, lo golpeó y finalmente lo estranguló.
Su siguiente víctima fue un vecino suyo, de 3 años. Tras comprarle caramelos de chocolate, se lo llevó y lo ató de pies y manos con un piolín y lo ahorcó, pero no llegó a morir. Al marcharse, se encontró con el padre del pobre niño, buscándolo con desesperación, y el Petiso le aconsejo ir a poner una denuncia; seguidamente regresó al lugar donde el pobre niño ya agonizaba, y le clavó un clavo en la sien.



Por la tarde, acudió a la casa del niño, donde los padres estaban velando al cadaver encontrado. Se acercó a contemplarlo, y antes de irse le movió la cabeza.
-"Quería ver si aún llevaba el clavo".. dijo en sus declaraciones.
Una mujer declaró haber visto al niño en compañía de un joven con unas grandes orejas y unos brazos largos, desproporcionados para su estatura.
Gracias a esta declaración, al día siguiente el Petiso fue detenido en su domicilio. En un bolsillo llevaba restos de piolín, y un recorte con la crónica del asesinato del pequeño Laurora.
En noviembre de 1915, fue condenado a cadena perpetua, y en 1923 se le trasladó al penal de Ushuaia.
Allí acumuló 13 sanciones, y terminó asesinado por su compañeros en enero de 1944.
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Palladium Vallarta